martes, 2 de junio de 2009

Siglo de Oro español (Renacimiento/Barroco)

El Renacimiento




El Siglo de oro español



La vida en el siglo de oro español

A partir de la culminación de la Reconquista de la península ibérica por los Reyes Católicos, coincidente con el descubrimiento de América (1492), se inició en España una época de auge que corresponde a su apogeo imperial y artístico, y que tuvo una duración de bastante más de cien años; a la cual se conoce con la denominación de El Siglo de Oro.
Al mismo tiempo, se introduce una innovación tecnológica llamada a tener una enorme proyección sobre el desarrollo de la cultura: la imprenta que permitirá al mismo tiempo que una gran difusión de las obras literarias, paralelamente la divulgación y generalización del uso de las lenguas “vulgares”, poniendo al alcance de las poblaciones no solamente el gran caudal de obras nuevas, sino también el enorme acervo de la producción clásica, tanto del arte literario como del pensamiento filosófico y político, así como el conocimiento de la Historia.
Por otra parte, el Renacimiento llegó a España con bastante retraso sobre otros lugares de Europa; recién a principios del Siglo XVI; con lo cual se caracterizó por una rápida absorción de los modelos literarios renancentistas, especialmente el italiano.
La influencia de los modelos italianos se manifestó originariamente, sobre todo en la poesía; donde durante el reinado de Carlos I (de 1517 a 1556) se destacó la poesía de Garcilaso de la Vega con clara influencia de Petrarca, así como el primer relato novelesco de “El lazarillo de Tormes”.
A partir del reinado de Felipe II, en cambio, se desarrolló un período claramente nacional, caracterizado por las obras de Fray Luis de León, Fernando de Herrera, los místicos como sor Juana Inés de la Cruz y especialmente la novela picaresca en que se destacan Mateo Alemán y fundamentalmente Miguel de Cervantes Saavedra.
Garcilaso (1501-1536) consolidó definitivamente la introducción de las formas poéticas italianas, especialmente el endecasílabo toscano y el soneto; en una obra breve pero con una lírica caracterizada por la exaltación del amor humano y de la naturaleza; a pesar de que también surgieron firmes sostenedores del verso octosílabo, que satirizaron a los “petrarquistas”.
En el campo de la prosa, el Siglo XVI español presenció una gran expansión de las obras históricas, orientadas especialmente a describir la obra de las guerras de Reconquista, especialmente la campaña de Granada; así como los reinados de Carlos V y la corona de Aragón, como también la historia de la conquista de las Indias. Del mismo modo, la preocupación por el cultivo y perfeccionamiento de la lengua castellana, originó algunas obras de temas idiomáticos.
Lo reciente de la Reconquista condujo a un verdadero florecimiento de la literatura en prosa de tema morisco, donde se destacan la “Historia del Abencerraje” (1551) y la crónica de las guerras civiles en la Granada musulmana, entre los zegríes y los abencerrajes, de Ginés Pérez de Hita, de fines del Siglo XVI.
Sin embargo, el gran florecimiento de la literatura española del Siglo XVI estuvo representado por el desarrollo de la novela; entre la cual se destacan las de caballería, la picaresca y la pastoril, aunque parece de la temática morisca incorporó junto a elementos puramente históricos algunos componentes de ficción.
En parte como una prolongación de la épica del Romancero de los Siglos XIV y XV, las novelas de “caballerías” tuvieron en el Siglo XVI, - a partir del desarrollo de la imprenta - una importante difusión; y en cierto modo inauguraron una modalidad novelística, consistente en la llamada “novela por entregas” en que la publicación separada de sus capítulos y consiguiente creación de la intriga acerca de la continuación, ha llegado hasta nuestros tiempos bajo la forma de los teleteatros y sus “culebrones”.
Sin duda, el lugar más destacado de este período literario español lo ocupa el monumental “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra, consagración de la novelística del Siglo de Oro, obra que es para el idioma castellano el equivalente de “La Divina Commedia” para el italiano de origen toscano: la culminación literaria de su identidad idiomática.
La picaresca es, en buena medida, una respuesta literaria a las novelas de caballerías; a partir de los antecedentes medievales, especialmente “La vida del lazarillo de Tormes“ de autor anónimo, publicada hacia 1554.
El personaje típico de la picaresca es un representante de la inversa de los ideales de los caballeros, impulsado por el hambre en vez del honor o el valor: un sujeto marginal de la sociedad, absolutamente sin medios económicos, carente de valores morales y que solamente puede valerse de la astucia. Sus personajes son aventureros que sobreviven en la sociedad marginando el delito o cayendo abiertamente en él; y que no pocas veces terminan presos, incorporando así cuadros descriptivos del submundo carcelario, como los de la “Historia de la vida del Buscón“, de Quevedo, probablemente autobiográficos.
En otro orden de la vida cultural española del Siglo de Oro, el enorme impulso religioso resultante de la Reconquista hecha en nombre de la Fe católica, y la condición que asumió España como reducto de ella frente al embate de la Reforma, determinó en el campo literario el surgimiento de una obra de contenido místico y ascético; cuyos principales representantes fueron fray Luis de Granada, (cuyo nombre laico era Luis de Sarriá), Fray Luis de León, Sor Juana Inés de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
En el teatro, surgido hacia 1570 en los llamados “corrales de comedia”, el Siglo XVI español tuvo como principales representantes, a partir de algunas obras del propio Cervantes, a los andaluces Lope de Rueda y Juan de la Cueva; pero especialmente a Lope de Vega y Carpio (1562 - 1635), a quien se atribuyen alrededor de 1800 comedias, de las cuales son clásicas “Fuenteovejuna”, “El perro del hortelano“ y “Peribáñez y el comendador de Ocaña”.

El período barroco:
Se designa como el barroco, a un estilo artístico que marcó el período histórico que sucedió al Renacimiento, entre finales del siglo XVI y finales del siglo XVII; y que tuvo sus repercusiones en todas las artes principales: la pintura, la arquitectura, la música, la danza y también en la literatura; tanto en Europa como en los países hispanoamericanos.
Se considera que el término deriva del portugués, en que “barroco” equivale a la palabra castellana “barrueco”, que significa “perla irregular”. En italiano, la palabra “barocco” significa “razonamiento retorcido”.
La doctrina estética del barroco postula un perfeccionismo por el rebuscamiento de efectos novedosos y de sorpresa; un desafío al reto de las dificultades formales, haciendo alarde de ingenio en la creación de artificios que importan la necesidad de un esfuerzo en el receptor de la obra de arte, para descifrar su sentido y su contenido.
Idiomáticamente, la expresión “barroco” encierra las ideas de extravagancia y de exageración; con un marcado sentido peyorativo que alude a un rebuscamiento formal sin fundamento real.
Como un antecedente del barroco, procede mencionar el manierismo, un estilo que se desarrolló en Italia en el siglo XVI, y que especialmente tuvo aplicación en los campos de la pintura y la escultura; donde se caracterizó por el uso de figuras muy exageradas, a menudo con posturas forzadas o con efectos dramáticos, y con una elección de los colores bastante arbitraria.
El manierismo - cuya designación proviene de la palabra italiana maniera, manera - procuraba obtener efectos más emotivos, de mayor movimiento y contraste; especialmente en el tratamiento de la figura humana. Pueden citarse como ejemplos de esta tendencia estilística, algunas obras célebres; como El juicio final pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, El descendimiento de la cruz de Rosso Fiorentino, y en España la obra de El Greco en general.
Es posible efectuar una clara diferenciación de las bases y los conceptos culturales del Renacimiento, respecto de aquellos del Barroco. Aunque sujeto desde sus orígenes a una gran influencia italiana, el barroco es esencialmente un movimiento cultural de origen español; lo cual tiene una repercusión importante en su planteamiento.
Mientras el arte renacentista es esencialmente realista y se atiene a la apariencia objetiva, el barroco busca apartarse de esa apariencia, destaca las formas irregulares y busca obtener un efecto llamativo a través de lo grotesco. Por ello tanto en las artes visuales como en la literatura, recurre a las formas recargadas, caprichosas y sumamente elaboradas. Frente al realismo renacentista, el barroco entronca con algunas manifestaciones de la filosofía, incluso originarias de la Grecia clásica, en que se llega a poner en duda que si lo que se ve es realmente tal y como se ve.
En buena medida, el Barroco, consecuentemente con la actitud asumida por España como reducto del catolicismo frente a la Reforma, encarnó el espíritu de la Contrarreforma. Por otro lado, si bien en muchas de sus manifestaciones artísticas estuvo fuertemente ligado a los temas religiosos, por otro lado postuló una libertad absoluta para crear y aún para distorsionar las formas; buscando permanentemene la complejidad en la expresión como medio para desconcertar y maravillar al destinatario de la obra de arte.
El barroco se incorporó a todos los edificios y monumentos religiosos, en una época de la cual, gracias al auge económico, data buena parte de las grandes catedrales y otras obras religiosas hispánicas. Pero asimismo, se implantó también en las obras religiosas de las épocas precedentes, superponiéndose al gótico y al románico de las iglesias medievales, al incorporar en su interior esculturas, pinturas y retablos llenos de los rasgos característicos del barroco, que actualmente es posible presenciar en ellas.
En Madrid se encuentran algunas de las manifestaciones más representativas de esta etapa; la iglesia de Montserrat y las fachadas de San Cayetano y del Hospicio.
Una variante especialmente notable de la decoración arquitectónica barroca, que recibe el nombre de “churrigueresco” es debida a la obra de José de Churriguera, quien creó obras sumamente d estacadas dentro del estilo barroco.


Carácteres del arte del barroco:

Dinamismo - Se procura crear una constante sensación de movimiento. Especialmente en la escultura y la pintura, al contrario del predominio de las líneas rectas en el arte renacentista, el Barroco se vale intensamente de la línea curva.
Teatralidad - Se busca conmover emocionalmente al destinatario de la obra de arte. En la pintura, por ejemplo, se recurre a presentaciones superrealistas; lo que es particularmente apreciable en la representación de Cristos yacentes y en toda la imagenología sacra.
Decorativismo y suntuosidad - El artista del Barroco no se limita a centrar la atención sobre aquello es esencial, sino que también se detiene en lo accidental; se emplea una gran minuciosidad en la composición de pequeños detalles y se revela un gran gusto por la ornamentación.
Contraste - Se procura alejarse de los ideales de equilibrio y uniformidad propios del arte renacentista. Se intenta incluir en una misma composición visiones distintas, y hasta antagónicas, de un mismo tema. Los cuadros de tema mitológico mezclados los personajes mitológicos con seres humanos normales.
Algunos conceptos se encuentran muy frecuentemente implícitos en la producción literaria española del período barroco.
La vida es breve y fugaz. Todo se nos escapa; el tiempo pasa destruyéndolo todo; vivir es apenas ir muriendo.
Todo en el mundo carece de valor: es caótico, y está lleno de dolor y de peligros.
“La vida es sueño” - como postula Calderón de la Barca en el título de una de sus obras; es una sombra, una ficción; vivimos engañados porque percibimos una apariencia y no la realidad de las cosas
En el plano religioso, se impone la actitud ascética que propicia apartarse del mundo y dedicarse solamente a pensar en la otra vida.

El contexto histórico del barroco español:
El Siglo de Oro transcurre a partir del momento de mayor empuje histórico de la España recién surgida como un Estado unificado, a partir de la Reconquista y la unificación de las coronas de Castilla y León, enriquecida con el reciente descubrimiento de “las Indias” y empeñada en la titánica tarea de su colonización; hasta el comienzo de su decadencia.
Unificada bajo el imperio de los Reyes Católicos y regida ulteriormente por soberanos firmemente defensores de la Fe, a partir del surgimiento de la Reforma, España se concentra en la lucha contra el separatismo religioso. Se convierte en paladín de la evangelización del nuevo continente americano, al tiempo que, en su ámbito interno, se mantiene el espíritu de la religión católica tradicional, mediante una censura intensa y rígida; respaldada en la institución de la Inquisición española, llamada “La Santa Hermandad” frecuentemente mencionada en las obras literarias de esta época.
Pero, al mismo tiempo, la situación social interna se caracterizó por la existencia de grandes diferencias entre ricos y pobres. El afianzamiento del sistema monárquico aparejó un fortalecimiento del régimen nobiliario - los “grandes de España” - en tanto que el sistema del mayorazgo expulsaba de su núcleo a los “segundones”, excluídos de la sucesión y librados a la carrera eclesiástica o militar, o a la búsqueda de éxito en la aventura americana.
La expulsión de los moros y los judíos luego de la Reconquista, introdujo también un factor negativo en el orden económico tanto como en el demográfico; que se vio agravado por los efectos de la peste y las hambrunas. Junto a ello, la falsa riqueza producida por el mercantilismo, solventada por los metales preciosos aportados por América, dio lugar al surgimiento de una gran cantidad de menesterosos, marginados de la vida económica, que dieron origen al prototipo social y cultural del “pícaro”.
Poco a poco, el Imperio Español se fue convirtiendo en una potencia de segundo orden; frente al surgimiento de Inglaterra y Francia, que desarrollan sus economías reales y terminan quedándose también con los metales preciosos. España ingresó paulatinamente en una grave crisis política y militar. En particular Francia, aprovechó la creciente debilidad militar española para expandirse sobre los territorios europeos españoles no peninsulares.
La decadencia militar y política del Imperio Español se inició con la derrota de la Armada Invencible (1588), y continuó con la sufrida por su infantería en la batalla de Rocroi, en Francia, el 19 de mayo de 1643, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años en la Paz de Westfalia de 1648 y en el Tratado de los Pirineos de 1659; y se prolongó al ingresar el Siglo XVIII, con la Guerra de Sucesión.
En ese contexto, la cultura barroca resulta ser en buena medida reflejo de esas circunstancias conformadas por la decadencia, la crisis, el malestar social, las tensiones religiosas y una resultante común de frustración y desengaño. Se asiste al derrumbe del idealismo renacentista, con su amor a la vida y su visión armónica del mundo; y se impone una concepción negativa del mundo y de la vida.


Culteranismo y conceptismo:
El rasgo esencial del barroco, consistente en la búsqueda de retruécanos formales, complicadas formas expresivas, se bifurcó en dos corrientes esenciales: el culteranismo y el conceptismo; ambas expresiones de un mismo propósito de crear formas artificiosas y complicadas de la expresión literaria.
El culteranismo.
El culteranismo se dirigió a crear la belleza por medio de artificios del lenguaje; empleando neologismos de su propia creación a partir de palabras del latín o del griego, tratando de imitar el ritmo de la sintaxis latina, y acudiendo al empleo intensivo de metáforas e imágenes. Atiende, sobre todo, a efectos o invocaciones sensoriales; esmerándose especialmente en el cuidado de la forma.
Se emplea en forma intensa y acumulativa algunos recursos expresivos ya existentes en la literatura renacentista, así como se procede al uso audaz y reiterativo de la metáfora, del hipérbaton, de alusiones a la mitología, y se recurre a emplear cultismos y neologismos, pretendiendo producir imágenes brillantes y una expresión culta y refinada.
El empleo de cultismos significa aludir a conocimientos - tales como los de la mitología - que presuponen para su entendimiento la posesión de una cultura superior a la corriente; de la misma manera que los neologismos de origen latino o griego implican un cierto grado de conocimiento de esas lenguas muertas a que solamente accedían quienes poseyeran una cultura superior.
Resulta natural, entonces, que desde otras fuentes se cuestionara ese estilo, que en buena medida hacía que la literatura culterana quedara fuera del alcance de quienes no tuvieran un superior nivel cultural.
Puede decirse con propiedad que la metáfora es el recurso por excelencia de la poesía culterana. El uso encadenado de metáforas y de imágenes en serie, persigue la finalidad de crear una especie de mundo virtual e idealizado como ámbito de la poesáa, alejándose de esa manera del mundo de la realidad cotidiana.
El conceptismo:
El conceptismo es esencialmente un estilo aplicable a la prosa, que más que incidir en el rebuscamiento de la forma como lo hacía el culteranismo, apunta a una asociación ingeniosa en la exposición de las ideas; y que, en consecuencia, incide sobre todo, en el plano del pensamiento. Se dice que el nombre de conceptismo se origina en la obra “Los Conceptos espirituales”, de Alonso de Ledesma publicada hacia el 1600.
Para conseguir este fin, los autores conceptistas se valieron de recursos retóricos como la paradoja, la paronomasia o la elipsis. También emplearon con frecuencia la dilogía, es decir, utilizar términos de sentido dudoso, que tienen dos o más significados.
Uno de los principales exponentes del conceptismo barroco, fue el jesuita aragonés Baltasar Gracián; narrador, moralista y político, autor entre otras obras de la novela “El criticón”, y de “Agudeza y arte de ingenio”, en que definió el concepto, esencia del conceptismo, como “aquel acto del entendimiento, que exprime las correspondencias que se hallan entre los objetos”.
Pero tal vez la figura más destacable del conceptismo barroco ha sido Quevedo, quien además de una profusa obra en prosa y en verso en que lo aplicó, escribió algunas obras específicamente dedicadas a satirizar a los culteranistas, como “La aguja de navegar cultos” y “La culta latiniparla”.

La asociación de un contenido peyorativo al término barroco, del mismo modo que las invectivas que fueron dirigidas a la literatura barroca o a su forma culteranista, no deben conducir a una negativa apreciación del arte del período barroco.
La dificultad interpretativa de sus manifestaciones literarias, especialmente en España, pudo determinar cierto grado de rechazo y sin duda de incomprensión; especialmente por parte de quienes carecían del grado de preparación cultural que resultaba necesario para llegar a entender - e, incluso, a conocer - las referencias mitológicas, o el sentido de los neologismos de origen griego o latino que se empleaban.
Pero ello no puede considerarse un defecto de las obras en sí mismas, sino una consecuencia del bajo nivel cultural del medio en que surgieron; no desvalorizan a los artistas que las produjeron, sino a la masa de quienes - en base a su inferioridad cultural - no alcanzaban a comprenderlas.
No es posible, en particular, llegar a una conclusión acerca de si la cultura humanística de Góngora, por ejemplo, era igual, inferior o superior a la de Quevedo. Pero sí cabe percibir que la acidez de las críticas y sátiras de este último, no fueron del todo ajenas a la exacerbación de las rivalidades políticas entre los duques de Olivares y de Osuna en el ambiente cortesano de Felipe III y Felipe IV; de los cuales ambos literatos eran a la vez protegidos y, en consecuencia, emplearon sus dotes artísticas para ensalzar a su protector o para denostar al rival.
Tampoco existen demasiados fundamentos para tomar un partido entre el culteranismo y el conceptismo.
Sin duda el conceptismo importó poner el acento especialmente en lo elaborado de los contenidos conceptuales de los temas abordados; y por algo es predominantemente una orientación del barroco aplicable a las obras en prosa. En definitiva, el conceptismo importó atender, con profundidad y rigorismo en la convocatoria al esfuerzo racional del intelecto, a temas del pensamiento filosófico, histórico, político y religioso de trascendencia cultural en su época y, en gran medida, de vigencia permanente.
Pero no puede pasarse por alto que el culteranismo, si bien orientado hacia el cultivo de los aspectos formales, no solamente implicaba insertar en sus obras más representativas las referencias a un acervo cultural clásico en sí mismo altamente valorable; sino que su elaboración de los recursos expresivos, contribuyó de manera destacable al enriquecimiento de los todavía nuevos idiomas, como en el caso español, del castellano.
La extremadamente cuidadosa elaboración expresiva de la poesía barroca, en cuanto a sus recursos expresivos tanto como respecto de los recursos métricos y estróficos - y al empleo del soneto ajustado a sus reglas no sólo formales sino expositivas; puede equipararse perfectamente a lo que, en el campo de la música, significó el barroco como manifestación del más depurado virtuosismo técnico tanto en la composición como en la ejecución instrumental y vocal requeridas para su realización. Por algo, también, el culteranismo se asocia predominantemente a las expresiones barrocas de la poesía; en la cual no solamente cabe atender a su estructura escrita, sino también al resultado sonoro de su recitado.
Lo mismo puede decirse de las similares exigencias de virtuosismo y alta capacidad técnica, en la concepción y en la ejecución del extremado detallismo aplicado en el arte de la pintura o de la arquitectura, propio del período barroco.
De tal manera que el barroco - al contrario de lo que a veces queda sugerido como una desvaloración de sus manifestaciones artísticas a causa de la exigencia de una superioridad cultural habilitante para su compresión y plena percepción de su valía; debe considerarse una etapa de importante superación del producto cultural del occidente europeo y americano. Una resultante, en el arte, del perfeccionamiento de las capacidades del intelecto en los objetos de su atención; como también del desarrollo de la capacidad creativa y del virtuosismo que, en último grado, son también manifestaciones superiores de la cultura.

Prosa y poesía en el barroco español
El período que abarca el Siglo de Oro, e incluye el Barroco, es la etapa más fecunda de las Letras españolas, tanto en la prosa como en la poesía y el teatro.
En prosa, la novela picaresca a partir de su antecedente anónimo del “Lazarillo de Tormes” y la “Vida del Pícaro Guzmán de Alfarache”, obra de Mateo Alemán, fue brillantemente cultivada especialmente por Quevedo (“Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos”, de 1626), Francisco López de Úbeda (“La pícara Justina”, de 1605), Vicente Espinel (“Vida del escudero Marcos de Obregón”, de 1618), Luis López de Guevara (“El diablo cojuelo”, de 1641) y por el propio Cervantes en sus “Novelas ejemplares”; y, por supuesto, la novela alcanzó su máxima expresión en el Quijote de Cervantes.
En la poesía los modelos de la lírica italiana renacentista fueron adaptados principalmente por Boscán y Garcilaso de la Vega, con magníficos resultados. Tanto en verso como en prosa, la mística se constituyó en un género literario tipicamente español, siendo sus principales cultores fray Luis de Granada, fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.
La poesía lírica originó dos tendencias, consolidadas claramente bajo el reinado de Felipe II:
La escuela salmantina, proviene de la Universidad de Salamanca donde fray Luis de León era catedrático cuyas Odas (“Vida retirada”, “A Francisco Salinas”, “Noche Serena”, “Ascensión y morada en el cielo”) son los ejemplos paradigmáticos.
La escuela sevillana, preocupada por la pureza del lenguaje y la perfección de la forma, está representada principalmente por Fernando de Herrera, (1534 - 1597) quien siguió firmemente el modelo del Petrarca en sus elegías y canciones (“A la batalla de Lepanto”, y otras). Otras célebres obras líricas de esta escuela son la “Canción a las ruinas de Itálica”, de Rodrigo Caro (1573 - 1647); y las poesías de Francisco de Rioja (1583 - 1659), “El poeta de las flores”, “Al jazmín”, “A una rosa”, “al Clavel”, y otras.

El teatro:
Los “corrales de comedias” que aparecieron hacia 1570 - de los cuales subsiste aún el de Almagro en Ciudad Real - independizaron las representaciones teatrales del ámbito eclesiástico; en tanto que en la producción de obras teatrales se destacaron Juan de Encina, Torres Navarro y Gil Vicente como los precursores de Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, que conformaron el núucleo del teatro clásico español.
El teatro de la época barroca española evidencia algunos elementos que lo caracterizan firmemente:
Constituye una recreación de la tragedia griega clásica.
Los autores siguen en general el pensamiento de Aristóteles.
Se busca dar a las obras un contenido referido a las realidades propias del pueblo español.
Se desenvuelve con poca acción.
Posee un diálogo parco, dado que apunta a la narración más que a la expresividad.
Cabe distinguir entre el teatro religioso y el popular.
El teatro religioso, cuyos orígenes datan de la época del Medievo, estaba impulsado fundamentalmente por los móviles de la Contrarreforma, e intentaba captar la mente y la atención de los espectadores por medio de los sentidos, con el objetivo de que quien lo presenciaba se sintiera profundamente consustanciado con el catolicismo.
El teatro popular fue resultado del surgimiento de la comedia nacional española, cuyas características principales fueron la mezcla de elementos trágicos y cómicos, la introducción en la representación de cantos y bailes populares y la utilización de expresiones en prosa o en verso. Se buscó hacer un teatro del gusto de la época, incorporando personajes populares, y dándole a la trama un cierto carácter novelesco.
La estructura de su desarrollo se ajusta generalmente al esquema clásico, comprendiendo exposición, nudo y desenlace.
Puede decirse que sus conceptos básicos fueron establecidos por Lope de Vega:
Reúne elementos de carácter trágico y cómico.
Incorpora un personaje que constituye el gracioso.
Se parta en buena medida de las unidades establecidas de tiempo y de lugar.
Los temas preferentemente abordados eran el amor, los celos, la justicia, la muerte, asuntos religiosos o filosóficos, doctrinales o festivos.